Marcas de Ganado


Hace muchos años, más de cuatro siglos que, en el Río de la Plata, las marcas a fuego en el cuerpo de los animales son el protocolo acostumbrado que identifica al dueño del ganado y garantiza su propiedad.

Sólidas y primitivas herramientas, forjadas con un fuego que premonitoriamente anuncia su futuro, rematan un estoque que esgrimirá mano diestra.

De imaginativos y variados diseños, sin aparente sentido algunos, hasta una o más letras de una tipografía deliveradamente rústica que le confieren la personalidad que su dueño le cedió de la propia.

Porque para el ganadero la marca en el animal es una transferencia de su nombre y apellido que ostenta con ancestral orgullo.

Por las mismas razones su marca ocupa un lugar preferencial en la papelería de su establecimiento, en los avisos que anuncian ventas y remates, en la carrocería de los vehículos afectados a la explotación, en llaveros, anillos, rastras, en tranqueras...

Hasta enmarcadas lucen en las paredes de su residencia y oficinas en monocromáticos escudos nobiliarios con reglas heráldicas propias que admiten que un reiterado tizne reemplace gules y plata.

Lo admiten porque es precisamente nobleza la característica de la genética de su ganado.

La marca de ganado es la huella indeleble del autor del refinamiento de las razas, de los trofeos obtenidos al exponer sus productos, del indiscutible liderazgo en el deporte de alta competencia, en la contribución a la alimentación de calidad superior, en la vestimenta y en un sinnúmero de actividades afines, motores todos de generación de riqueza.

El protagonismo de la marca de ganado comienza cuando en el escenario del generoso campo, dentro de una natural coreografía gauchesca, experimentados actores interpretan la dramática y ruda trama de la faena de la yerra donde la ardiente vedette deja su impronta en el animal con el mismo y congénito fuego que le dió vida, forma y destino.





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República Argentina